Amigas, amigos; mayo se nos va, ¿verdad? Y con él, se van unos días que, dios; en lugar de traernos esa primavera a tope que esperábamos, parece que nos han dejado más bien como un barro frío, esa sensación de desesperanza. Esas guerras que no cesan... no son solo noticias que vemos de lejos, ¿verdad? Son como heridas abiertas en todos nosotros, que duelen con ese veneno del odio y de no entendernos. Siento igual que tú esa cosa en el pecho, esa impotencia que te agarra las manos y no te deja ver claro.
Es que pesa un montón, ¿sabes? Tú y Yo, somos testigos de todo esto. Ver cómo la democracia, eso que tanto costó levantar, ahora está como rodeada, como si se la comieran por dentro y la atacaran desde fuera esos regímenes que solo saben de poder y más poder. El mundo parece un teatro donde cada día hay una función de injusticias, y la gente, a veces como dormida, a veces mirando para otro lado, y siempre, siempre, gente real sufriendo de verdad detrás del telón. Eso que dices del "viejo mundo", que para unos es nuevo y para otros ya ni se acuerdan... ¡qué cosa tan amarga! Nacer ya con guerras y morirse sin conocer la paz. ¿Será que no hay otra, que esto es lo nuestro?
Y esas ganas que compartimos de que HIVE sea una ventana, un farito, me parece súper valiente. Gritarle al mundo que hay un montón de gente, callada pero muchísima, que quiere vivir en paz, que cree de verdad que podemos parar esta locura de matarnos... es más que un deseo, es que lo necesitamos. Como dijo Martin Luther King Jr., y me da vueltas en la cabeza: "Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos". ¿Será que somos esos buenos que callan, dejando que el ruido de las bombas tape la voz de la razón?
El miedo que siento, esa angustia cuando pienso en las Guerras Mundiales... es lo normal, ¿no?, para alguien que siente las cosas. Yo no las viví, pero la historia, que no perdona, nos ha dejado un museo lleno de horrores. Esas fotos de niños con la mirada perdida, con hambre, sin inocencia... son como puñales que se te clavan. Hombres matándose por banderas, por dioses, por ideas... ¿Por qué, en el fondo? Lloras, y tus lágrimas son las de una humanidad que se duele a sí misma. Dicen que "el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra". Y aquí estamos, tropezando mil veces con la misma piedra llena de sangre de la guerra. ¿Cuándo vamos a entender que la violencia solo trae más violencia, que el odio es un veneno que te consume primero a ti?
Y me acuerdo de lo que dijo George Santayana: "Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo". ¿Tan rápido se nos olvidaron las lecciones escritas con sangre y fuego? Las trincheras, los campos de exterminio, las ciudades hechas polvo, las familias rotas... ¿Eran solo cosas de un libro de historia que cerramos con alivio al pasar el examen, sin que nos calara de verdad lo terrible que fue? ¿O es que la memoria de la gente es así, como que borra el dolor de otros para sobrevivir cada uno por su lado, aunque eso nos perjudique a todos?
Y esa sensación de tener las "manos atadas"... uf, es ese grito que no sale, de pura impotencia. Las redes sociales, que podrían ser puentes para entendernos, muchas veces son un basurero de noticias falsas, altavoces para el odio, un chorro de cosas que te golpean hasta que ya ni sientes, o como a mí, te dejan con el alma en un hilo. Querer desconectar un rato no es ser cobarde, es cuidarse un poco. Pero, ¿cuánto tiempo podemos taparnos los ojos y los oídos sin terminar siendo cómplices sin querer?
La Tierra, nuestra única casa, se queja por nuestro descuido. La estamos rompiendo con la misma rabia con la que nos rompemos entre nosotros. La ambición sin medida, esas "ganas de poder", es como un cáncer que se come el alma de los que mandan, y no les deja ver cómo sufre la gente, ni escuchar cuando se pide justicia. Se agarran al sillón, quieren ser eternos controlando, mientras la gente –que no es una cosa abstracta, sino millones de personas con sueños y miedos– sufre las consecuencias. Y otra vez, el miedo a hablar, a que te oigan y te señalen. ¿En qué momento decir lo que piensas se volvió traición y criticar, un delito? ¿No es de cuestionar, de debatir, de tener valor para decir lo que está mal, de donde sale el progreso?
Vamos a viajar un momento, a ese pasado que no está tan lejos. Pensemos en los años antes de la Primera Guerra Mundial. Europa estaba en la cresta de la ola industrial y cultural, pero por dentro se la comían los nacionalismos exagerados, una carrera para tener más armas que nadie, alianzas secretas que eran como una telaraña mortal. ¿Nadie vio venir el desastre? ¿O es que había demasiados a los que les convenía el lío? Como bien decía Paul Valéry, si no me equivoco: "La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen, pero que no se masacran". ¿Sigue siendo así de crudo y de verdad?
Después, ese espejismo de paz, la Sociedad de Naciones, el "nunca más". Y apenas veinte años después, el mundo se hundió en una oscuridad todavía peor. El fascismo, el nazismo, las ganas de conquistar de los imperios. Otra vez, líderes con mucho carisma llevando a su gente al precipicio con promesas de gloria. Y el horror multiplicado: el Holocausto, Hiroshima, Nagasaki. Millones de vidas perdidas, un continente en ruinas. ¿Qué aprendimos? Se crearon las Naciones Unidas, se firmaron declaraciones de derechos humanos. Parecía que, esta vez sí, habíamos aprendido. ¿O fue solo un respiro antes de la siguiente locura?
Y así llegamos a hoy. Un hoy que nos enseña esas "dos guerras" que duelen tanto, pero que son solo la punta del iceberg de un montón de conflictos escondidos, de tensiones entre países que pueden explotar en cualquier momento. La tecnología, que debería usarse para unirnos y vivir mejor, se usa para destruir mejor. Drones que matan desde lejos, inteligencia artificial para la guerra, ciberataques que pueden parar países enteros. El miedo a una guerra nuclear, que pensábamos que se había ido con la Guerra Fría, vuelve como un fantasma. ¿Cambiamos las bayonetas por algoritmos, pero seguimos igual de destructivos por dentro?
Me viene a la mente Cantinflas, ¡qué genio!, en "Su Excelencia", cuando nos decía algo como: "Estamos equivocados si creemos que la felicidad de un país está en tener más cañones o más aviones... El respeto al derecho ajeno es la paz, dijo el Benemérito de las Américas, Don Benito Juárez. Pero no solamente el respeto al derecho ajeno individual, sino al derecho ajeno internacional. Los hombres estamos ahora peleando por ver quién inventa la bomba más mortal... ¡Ah! Pero eso sí, en nombre de la paz." Y luego esa frase tan cierta: "él dijo 'amaos los unos a los otros' y hemos entendido 'armaos los unos contra los otros'". ¿En qué momento se nos perdió la brújula, el sentido común más básico?
Y ahora, con el corazón chiquito, miremos a ese futuro tan negro del que algunos hablan. Un futuro donde los recursos naturales, que nos hemos cargado por pura avaricia, sean motivo de guerras nuevas y peores. Donde el cambio climático no sea una amenaza lejana, sino un desastre real que obligue a millones a irse de sus casas, creando tensiones que no se puedan aguantar. A ver, imagínense un futuro donde los Estados se caen a pedazos, uno tras otro, y las megaempresas mandan más que un montón de gobiernos juntos. Un mundo donde te espían hasta cuando respiras, donde la privacidad es un cuento de hadas que ya nadie se cree, y donde te meten a la fuerza una única manera de ver las cosas con tecnologías que ni te imaginas. ¿De verdad vamos a dejar que nuestros hijos y nietos crezcan así, preguntándose por qué diablos no movimos un dedo cuando aún se podía?
Ya lo dijo Einstein, ese genio con una claridad que asusta: “No sé con qué se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será a palos y piedras”. ¿En serio vamos para allá? ¿A convertirnos en salvajes después de todo lo que hemos avanzado, de tanto saber y tanto crear? ¿Será que tener mucha cabeza, pero poca alma es la peor maldición?
Mi lema en HIVE, ha sido siempre eso de “vivir en paz”, es como una pequeña vela en medio de este apagón. Pero, ¿cómo se llega a esa paz? Y ¡ojo!, que no es solo que no haya tiros ni bombas. Es, como decía el filósofo Spinoza, “una virtud, un estado mental, una onda de buena voluntad, confianza y justicia”. ¿Estamos sembrando eso en nuestro día a día? ¿O somos de los que, sin querer queriendo, le echamos más leña al fuego cuando nos peleamos con el vecino por una pavada; cuando criticamos sin tener idea, cuando nos gana el prejuicio y el resentimiento por cosas chiquitas?
¿Cómo hacemos, desde nuestro humilde lugarcito, para plantar esas semillitas de justicia y respeto? ¿Alcanza con decir “quiero paz en el mundo” si después en casa o con los amigos somos los primeros en armar lío? ¿Cuánta responsabilidad tenemos cada uno en este desastre? ¿La culpa es solo de los de arriba, de los políticos y poderosos, o también influye que a muchos les dé todo igual, que hayamos apagado el cerebro y dejado de cuestionar?
Miren, amigos, nuestra voz no está predicando en el desierto. Hay millones como nosotros, gritando en silencio, pero sin rendirse. A lo mejor HIVE puede ser ese megáfono que necesita toda esa gente para que se escuchen más fuerte, para conectar unas con otras, para armar una movida que de verdad mueva el piso. Pero, ¿cómo dejamos de lamentarnos y empezamos a meter mano? ¿Cómo convertimos esta congoja en ganas de construir? ¿Qué pequeña acción por la paz podemos hacer hoy mismo, ya, que sume, aunque sea una gotita en el océano?
Hay una frase de un tal Edmund Burke que siempre me da vueltas en la cabeza: “Para que el mal gane, solo hace falta que la gente buena no haga ni pío”. ¿Vamos a seguir de brazos cruzados, o al menos, haciendo menos de lo que podríamos? ¿Qué herencia les vamos a dejar a los que vienen, a los bebes que están naciendo en este mundo que para ellos es nuevo de paquete? ¿Un basural de cenizas y rencores, o un terrenito fértil donde la esperanza pueda prender?
La tarea es una montaña, casi una locura. Pero, ¿acaso no lo fueron todas las grandes hazañas que marcaron la historia? ¿No arrancaron siempre con la chispa y el coraje de unos cuantos locos lindos que se animaron a soñar lo impensable?
¿Será que algún día podremos de verdad eso de “amarnos los unos a los otros”, o estamos fritos, condenados a seguir “armándonos los unos contra los otros” hasta que no quede ni el recuerdo de por qué empezó toda esta bronca? ¿Es la paz una utopía inalcanzable, o una elección consciente que nos da miedo tomar con todas las ganas? ¿Qué estamos esperando, amiga-amigo que lee estas líneas? ¿A qué?
Hispaliterario 43: «¡VIDA Y MÁS VIDA!»
Portada de la convocatoria.
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Dedicado a todos aquellos escribas que contribuyen, día a día, a hacer de nuestro planeta, un mundo mejor.