[ESP-ENG] EL ÚLTIMO DESEO


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«Todos tenemos demonios en los rincones oscuros del alma, pero si los sacamos a la luz, los demonios se achican, se debilitan, se callan y al fin nos dejan en paz».

«We all have demons in the dark corners of our soul, but if we bring them out into the light, the demons shrink, weaken, become quiet and finally leave us alone».


— Isabel Allende



E S P A Ñ O L

𝔼𝕃 Ú𝕃𝕋𝕀𝕄𝕆 𝔻𝔼𝕊𝔼𝕆

Mi corazón estaba roto, al verla yaciente sobre esa cama. Colocaba sus manos en su pecho, como si cargara un poderoso dolor. La enfermedad le consumió el rostro, decoloró sus labios y mejillas, y dejó en sus ojos una línea purpura que remarcaba la silueta de sus orificios. Ya sus pupilas no tenían brillo y sus parpados estaban secos como un desierto.

La vi temerosa, con miedo a la muerte. Sus dedos no dejaban de acariciar el centro de su pecho. La conocía muy bien, pues era mi esposa, y su cuerpo estaba dominado por la ansiedad. Judith no quiso dirigirme la palabra en los últimos días de su enfermedad, pero aún yo aguardaba con esperanza.

La primera semana fue la más horrible. Judith no dejaba de toser sangre. Cada vez que había un atisbo de mejoría en su semblante, recaía y volvía ostentar el mismo fatídico color. Los médicos decían que su cuerpo rechazaba por alguna razón los medicamentos. Yo no podía conservar la calma. Estaba cada vez más angustiado.

Durante la segunda semana todo se tornó peor. Los dolores cesaron y se convirtieron en toses secas expedidos por un cuerpo ya casi consumido. Judith estaba tan delgada, ojerosa y pálida, ya no era ni el vestigio de lo que fue cuando la conocí. No parecía un ser humano, y cuando me señalaba con sus dedos nudosos y flacos, creía que mi esposa se iba a desmoronar.

En los primeros días de la última semana de su vida, el entorno se volvió gris y oscuro. Hacía frío, como si la muerte estuviera sobre ella, y creí que así era, pues una sombra ascendía desde su sien hasta la pared frente a la cama. Sostuve la mano de mi esposa durante esas últimas y agónicas horas. Y antes de verla morir, ella me reveló su último deseo.

Había una carta que ella guardó con recelo desde que tenía veintiún años. La escribió su madre para ella, pero Judith nunca la leyó, pero ahora, pensó que sería el momento. Mi esposa no sabía si su madre estaba viva, pues no supo más de ella cuando recibió ese sobre. Me pidió que lo abriera y leyera su contenido, y cuando me dispuse a hacerlo, ambos quedamos sorprendidos.

La carta no tenía nada escrito, solo era una hoja de papel en blanco en modo de sobre. Los ojos de Judith y los míos se desorbitaron, luego ella ostentó una sonrisa leve para luego cerrar sus parpados y no abrirlos nunca más.

El día del funeral de Judith apareció una mujer; vestida de velos negros y un atuendo de seda con guantes. Al acercarme a ella me di cuenta que era una anciana, con los ojos iguales a los de mi difunta esposa. Le pregunté sobre la carta: «¿Por qué estaba vacía?», a lo que ella me contestó:

«Era un juego que teníamos mi hija y yo. Yo le dejaba sobres en blanco y ella los buscaba para darle un premio. En esta ocasión quise darle un mensaje; que aún recuerdo cuanto nos divertíamos».

FIN

E N G L I S H

𝕋ℍ𝔼 𝕃𝔸𝕊𝕋 𝕎𝕀𝕊ℍ

My heart was broken, seeing her lying on that bed. She placed her hands on her chest, as if carrying a powerful pain. The disease consumed her face, discolored her lips and cheeks, and left in her eyes a purple line that highlighted the silhouette of her orifices. Her pupils were no longer bright and her eyelids were dry as a desert.

I saw her fearful, afraid of death. Her fingers kept caressing the center of her chest. I knew her very well, for she was my wife, and her body was dominated by anxiety. Judith would not speak to me in the last days of her illness, but I still waited in hope.

The first week was the most horrible. Judith kept coughing up blood. Every time there was a glimmer of improvement in her countenance, she relapsed and returned to the same fateful color. The doctors said that her body was rejecting the drugs for some reason. I could not keep calm. I was more and more distressed.

During the second week everything became worse. The pains stopped and turned into dry coughs emitted from a body already almost wasted away. Judith was so thin, haggard and pale, she was no longer even the vestige of what she was when I first met her. She didn't look like a human being, and when she pointed her gnarled, skinny fingers at me, I thought my wife was going to collapse.

In the early days of the last week of her life, the surroundings turned gray and dark. It was cold, as if death was upon her, and I believed it was, for a shadow ascended from her temple to the wall in front of the bed. I held my wife's hand during those last agonizing hours. And before I watched her die, she revealed to me her last wish.

There was a letter that she had jealously guarded since she was twenty-one years old. It was written to her by her mother, but Judith never read it, but now, she thought, would be the time. My wife did not know if her mother was alive, for she heard no more from her when she received that envelope. She asked me to open it and read its contents, and when I got ready to do so, we were both surprised.

The letter had nothing written on it, it was just a blank sheet of paper in the form of an envelope. Judith's eyes and mine widened, then she flashed a faint smile and then closed her eyelids and never opened them again.

On the day of Judith's funeral a woman appeared; dressed in black veils and a silk gown with gloves. As I approached her I realized she was an old woman, with the same eyes as my late wife. I asked her about the letter, "Why was it empty?" to which she replied:

"It was a game my daughter and I had. I would leave blank envelopes for her and she would look for them to give her a prize. This time I wanted to give her a message; I still remember how much fun we had".

THE END

Escrito por @universoperdido. 02 de agosto del 2021.

Written by @universoperdido. August 02, 2021.

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