Vendedor de espejos | Relato |

    El tío Pat vivió toda su vida como vendedor ambulante, andaba de un pueblo a otro y ofrecía todo tipo de artilugios asombrosos y chucherías a las personas del lugar. A menudo viajaba hasta los poblados más recónditos, aquellos que mantenían casi nulo contacto con el resto de la sociedad, porque, según lo que me contó una vez, las cosas que para unos son cotidianas y hasta aburridas, para otros pueden ser una rareza digna de fortunas. Claro que, hasta entonces, él no tenía ningún tipo de fortuna; a duras penas sobrevivía el día a día.


Fotografía original de Pexels | Luis Quintero

    —Mira, Tobías, allí está —dijo, señalando la aldea a la que nos acercábamos —. Terranova —declaró en un suspiro.

    Existía cierta fascinación en su tono de voz. Yo, por otra parte, no veía nada más que un pueblo, similar a los que juntos visitamos en anteriores ocasiones. Más allá de que lucía más limpio de lo normal, pues los locales y casas no tenían detalles o deterioro notables a simple vista, al igual que la carretera, nada más destacaba; no obstante el tío Pat llevaba días contándome la maravillosa oportunidad que sería aquel sitio que pocos conocían. Cuando volteé a verle unas lágrimas brotaban de su mejilla.

    —Estoy bien, estoy bien —afirmó, repetidas veces y con un nudo en la garganta, cuando le pregunté qué le pasaba —. Es solo que... no creí que realmente lo encontraría.

    Bajamos del carruaje y, como siempre, preparé los tobos de agua para darle de beber a los caballos mientras que Pat montaba el tarantín con la mercancía. Pronto los pobladores comenzaron a salir de sus hogares, pero ninguno se acercó. Con cara de miedo y atónitos, aquellas personas nos miraban desde lo lejos.

    —¡Hola, hola! ¡Bienvenidos a mi tienda de artículos y variedades! ¡Adelante, acérquense sin ningún tipo de compromiso! —Mi tío ya iniciaba su número. Solía decir que la presentación era incluso más importante que el producto que vendiera.

    Mientras tanto yo no podía dejar de ver los rostros de aquellas personas, que parecían no haber visto otro ser humano en años.

    —Yo era un niño cuando llegó el último forastero a Terranova —espetó un aldeano, el primero en acercarse, un anciano chaparro con un ojo blanco del cual sobresalía una cicatriz —. ¿Cómo llegó usted?

    —El aura de su comunidad es tan mágico como cuentan, estimado —respondió mi tío, ignorando la pregunta —; de seguro su hogar es un lugar mágico también, pero apostaría a que le hace falta esto —de un saco cogió un espejo ornamentado en hierro, con dibujos de flores.

    El anciano palideció al verse reflejado en el vidrio, la quijada se le movía, temblorosa, de un lado a otro, no podía creer lo que veía. Y yo no entendía el porqué tal asombro.

    —¿Qué clase de hechicería es esta? —preguntó entonces, con la voz quebrada, como si no terminara de creer en lo que observaba.

    —No es hechicería, amigo mío. De donde yo vengo lo llamamos espejo.

    —Espejo —murmuró —. Un objeto así... ¿Cuánto costaría?

    —Tiene usted unos dientes muy bonitos —el viejo entendió en seguida de qué le hablaba Pat, yo obviamente no tenía ni la menor idea.

    Ipso facto se metió la mano en la boca y uno a uno empujó desde adentro hacia afuera, hasta que logró sacarse cinco dientes. Estos no eran prótesis normales, por el brillo y el tono metalizado supe que se trataban de dientes de oro; y aunque pagar ese peso en oro por un espejo era una locura, el anciano se marchó de ahí mil veces más contento de lo que llegó, casi a las carreras, con el espejo entre sus brazos.

    —Sé que es raro —comentó de la nada, apenas el viejo desapareció de la vista —. Solo quédate cerca del carruaje, y sonríe en todo momento. Prometo que nos irá bien.

    Supuse que el viejo habría corrido la voz porque en las horas siguientes más personas se acercaron. Los siguientes en llegar fueron hombres que a lo sminutos se iban y volvían con sus esposas, luego niños, más o menos de mi edad; llegado el mediodía hasta los perros correteaban al rededor de nuestro carro, jugando entre ellos y molestando a los caballos. Todos los presentes querían ver los espejos, hablaban de ellos como si fueran algo del otro mundo y, por supuesto, estaban dispuestos a dar objetos de gran valor por los más llamativos.

    Aquellas personas vestían con collares de perlas, ropas de sedas finas, anillos de oro con piedras preciosas tan grandes que apenas podía sostener en mi mano, y se deshacían de ellas como si nada por quedarse con uno o dos espejos. Antes de que se ocultara el sol nos fuimos, con el doble de peso con el que llegamos. Al poner un pie en Terranova teníamos espejos. Al salir de ahí éramos millonarios.

    En los días, meses y años consiguientes lo único que Pat me dijo de ese lugar, al cual nunca regresamos, fue que «existía para quienes creían en él». Al principio creí que era una chanza, sin embargo nunca logré ubicar a Terranova nuevamente. No está marcado en mapas, no existe en libros... a veces me preguntó si ya habrán aprendido a hacer sus propios espejos.

XXX

Juan Pavón Antúnez

 

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