Un trago | Relato |

    —El amor, muchacho —respondió el cantinero al joven que, desde el otro lado de la barra, compartió con él su interrogante sobre qué es lo más dañino en el mundo —; es irónico cómo el sentimiento más hermoso puede destruir un alma a tal punto.


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Fotografía original de Pexels | Eva Elijas

    —No lo entiendo —masculló, un poco atontado por los tragos que bebió hasta entonces.

    El cantinero, convencido de que lo que estaba por contarle haría que lo entendiera dijo: —Mira a ese hombre —y con su dedo señaló hacia la esquina más oscura del bar.

    Allá un anciano, probablemente de unos sesenta años, con la vejez remarcada en el deteriorado rostro lleno de arrugas y manchas, de ojeras pronunciadas, pálido, casi como un fantasma, y notablemente desganado, reposaba casi abrazado a su botella. Mientras el joven lo miraba él despertó de su alcohólico sueño, tomó un trago hondo, directo de la botella, y se recostó en la misma posición.

    —¿Qué hay con él? —preguntó.

    —Él... ¿Me creerías si te dijera que alguna vez fue un empresario exitoso? Probablemente tiene suficiente dinero como para comprar este bar cien veces.

    El joven lo miró otra vez, detallándole, en busca de alguna señal de que lo que el cantinero decía era cierto. No la vio. Esgrimió una sonrisa burlona.

    —¿Me tomas el pelo? —replicó, desconfiado.

    —Para nada. Aunque a primera vista pueda parecer que ese hombre está siendo consumido por la botella de ron que abraza, y las otras tantas que abraza a diario, su problema va mucho más allá. Lo que lo consumió, lo que lo mató, porque es un muerto en vida, fue el amor que sintió por una mujer que después perdió.

    —¿Qué pasó con ella? —quiso saber. interesado o, más bien, intrigado por lo que el cantinero le contaba.

    —Se fue tan rápido como llegó. Ellos se conocieron aquí. Ambos eran como niños llenos de vida, para ese entonces yo también lo fui. Él se enamoró tan rápido, y hubo un tiempo en el que creí que ella también; se mudaron juntos, pensaban en tener una familia. Sin embargo, un día, sin más, ella desapareció. No se llevó nada; ropas, joyas, dinero, nada. Solo dejó una nota que decía que lo sentía.

    El joven solo exhaló un «vaya» como un suspiro. Al cantinero el amargo recuerdo del pasado le invadió, y le dolió al ver al anciano decrépito tomar otro trago en la lúgubre mesa donde cada noche se sentaba para ahogar sus penas. Siguió diciendo:

    —¿Sabes? Fue mi amigo alguna vez, mi mejor amigo —aseguró.

    Ambos platicaron una hora más. El joven pagó y se despidió, no sin antes echar un ojo curioso al anciano que seguía allí, con una botella nueva, en la misma posición que estuvo todo el tiempo.

    Y como cada noche antes que esa la luna y las estrellas dieron paso al alba. El sol se asomó con rapidez colándose entre las ventanas del bar, donde ya solo quedaba un cliente, el anciano alcohólico que llegaba a allí cada noche, y que despertó al sentir un rayo de luz pegar en su rostro. Apenas abrió los ojos el cantinero estaba frente a él.

    —Ya es de día. No puedes seguir ahí —le dijo.

    —Es mi bar, puedo hacer lo que se me venga en gana —el anciano miraba al piso, trataba de recordar a qué hora había llegado.

    —Sí, lo es. Dame tu teléfono, llamaré a tu chófer —respondió el cantinero, ignorando su comentario.

    Caminaron juntos hasta la salida, uno de los dos a rastras recargado en el hombro del otro, y entre el chófer y el cantinero subieron al anciano al auto. Antes de cerrar la puerta de los asientos traseros este vio en aquel viejo decrépito y hediondo a licor, por un segundo, el reflejo de lo que alguna vez fue su amigo.

XXX

Juan Pavón Antúnez

 

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