Festival de tortugas | Relato |

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    Javier nació y creció en el Valle Verde, un pequeño pueblo a las orillas de un lago sin nombre. La vida era más tranquila en aquel entonces. Cuando él y su familia se mudaron comprendió que crecer en un sitio con pocos habitantes crea un sentimiento de familiaridad particular con los vecinos, algo imposible de ver en la gran ciudad y, a pesar de que extrañó a todos sus conocidos y amigos, lo que más añoró era volver a ver a la atracción principal del lugar.

    Para los locales pocas cosas eran tan asombrosas como la llegada de las tortugas de algas. Esos animales sumamente asombrosos y exóticos que eran secreto a voces entre quienes vivían en el Valle desde hacía generaciones; aunque nunca recibían visitas de turistas. Las tortugas llegaban una vez al año y antes de irse Javier deseó verlas una vez más.

    Su padre le concedió el deseo. «Nos iremos la semana siguiente» le dijo y el niño Javier fue feliz. Junto con la llegada de las tortugas de algas los habitantes preparaban el festival nombrado en su honor, era también la única ocasión del año en la que todo el pueblo se llenaba de luces y fuegos artificiales. Allí no existía el día de los enamorados, carnavales o navidad, solo la llegada de las tortugas de algas.

    Como todos los años los pobladores las esperaron a sana distancia de la orilla del lago. Por décadas nadie supo cómo o de donde provenían exactamente. Cada año iluminando las aguas desde las profundidades hasta salir a la superficie. De sus espaldas colgaban todo tipo de algas, origen de su nombre, y demás clases de flora marina, incluido el misterioso pigmento que le daba luminosidad fosforescente a sus caparazones. Salían a tierra firme y se adentraban en la espesura, donde desaparecían. Pocas personas podían relatar haber visto una tortuga de algas algún día después de su llegada.

    Y ahí estaba Javier, esperando cerca de la orilla del lago lo que sería, probablemente, la última vez que vería la llegada de las tortugas. El niño, junto con el resto del pueblo, esperó, sin embargo estas nunca aparecieron.

    No cumplir aquel deseo le hizo sentir la particular combinación entre molestia y tristeza que, años después, aprendería a llamar decepción. Junto con él, todo el Valle Verde se sintió decepcionado. Pero ellos podrían ver a las tortugas el año siguiente, mientras que Javier y su familia jamás volverían.

    El año siguiente insistió a su padre para volver y, aunque este aceptó, poco después su madre cayó enferma. Murió exactamente un año después; y el año siguiente fue arrollado por un auto. La recuperación, a pesar de ser lenta y tortuosa, fue un éxito. Para ese momento ya dejaba de preguntar por las tortugas, el lago, o cualquier cosa que tuviera que ver con Valle Verde. Su vida allá se convirtió en un recuerdo cada vez más lejano.

    No obstante el recuerdo permaneció. Lejano, difuso, pero nunca desapareció del todo. Esporádicamente soñaba que navegaba en el lomo de una tortuga de algas gigante, y todo su caparazón irradiaba la azulada fosforescencia que emanaban. Ya en la adultez, tras sufrir uno de esos episodios de sueño, decidió que volvería al Valle. No sabría decir por qué ese deseo reprimido resurgió en él y se tornó en una incontrolable necesidad. Ver a las tortugas una vez más, a esas criaturas únicas cuya existencia no conocía nadie más que la gente de Valle Verde, pronto fue su prioridad y, casi sin meditarlo, una vez más dejó todo en su vida atrás, esta vez para regresar al lugar donde nació.

    Muchos recuerdos le invadieron en el camino. La semana siguiente sería doce de diciembre, día de la llegada de las tortugas. Pensó que quizá ya estarían preparando las pancartas para el festival. Dudaba sobre si el viejo Abraham seguiría vendiendo manzanas acarameladas, o si la señora Gimena aún atendería en la carnicería. Desafortunadamente descubrió que ambos habían fallecido cinco años atrás. Además, incrédulo, escuchó de boca de uno de los ancianos del lugar que hacía una década que nadie veía a las tortugas: «Desaparecieron, hijo. Las esperamos, como cada año, pero no llegaron. Ni al año siguiente, ni el siguiente a ese».

    Javier se negó a creerlo. Había llegado hasta allá, dejando atrás la vida que tenía en la ciudad, soñaba con volver a verlas y, en el fondo de su ser, se convenció de que el destino podría estar confabulando para llevarlo a su pueblo natal precisamente ese año, el año que las tortugas de algas regresarían. Por ello, sentado en una silla de mimbre, a las orillas del lago, con binoculares en una mano y una pequeña gavera con seis cervezas en la otra, esperó. Las tortugas nunca aparecieron.

    Sin resignarse se estableció nuevamente en el pueblo, regresó a la casa de su infancia y vivió allí por el resto de su vida. Cada noche del doce de diciembre, como si de un ritual se tratase, tomaba su silla de mimbre, binoculares y cervezas y esperaba junto al lago. Sin embargo, nunca más volvió a ver a las tortugas de algas y pronto estas se transformaron otra vez en imágenes borrosas en su mente. Olvidó por completo su apariencia, el brillo que emanaban sus caparazones, cómo cargaban con diversas plantas marinas y emulaban a unas pequeñas islas ambulantes. Olvidó la fascinación que le causaban y todo terminó cuando dejó de soñarlas.

XXX

Juan Pavón Antúnez

 

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