El cuervo solitario | Relato corto |

    Desde lo alto el mundo parecía ser más pequeño. Sabía que realmente el pequeño era él, al menos en comparación a la mayoría de las criaturas que a menudo veía andar por el suelo, pero le gustaba ir hasta la copa del árbol y, una vez acomodado en el tope del sauce llorón, observar todo, hasta donde sus ojos alcanzaran.


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Fotografía original de Pexels | Tom Swinnen

    Antes, cuando era apenas un polluelo de cuervo, todo a su alrededor era verde y brillante; había otros colores en el infinito paisaje que acostumbradamente sobrevolaba, pero el verde intenso del engramado le embelesaba; cuando por fin pudo bajar del nido, y sentir el gentil tacto de la hierba escurriéndose entre sus plumas, casi como la suave corriente del río, supo que sería feliz allí para siempre.

    No obstante "siempre" puede ser un abrir y cerrar de ojos, en sentido figurado claro está, en la vida de un cuervo. Todas las mañanas él y sus hermanos, junto a sus amigos los jilgueros, contemplaban el amanecer desde las ramas del sauce; él, por supuesto, iba hasta la rama más alta. Solo se movían de ahí cuando la tripa les rugía y volaban a buscar comida. Él sigue volando, sin embargo ya no mira el amanecer junto a sus hermanos y los jilgueros. Ellos se fueron mucho tiempo atrás.

    También desapareció el hermoso paisaje con el que creció, tan rápido que el cuervo solitario no se dio cuenta. Pronto llegaron nuevos vecinos, de esos que caminan en dos patas como las aves pero no tienen alas; y con ellos el verde, que otrora podía verse por todo el horizonte desde la copa del sauce llorón, quedó reducido a un pequeño rectángulo, ahora grandes torres se alzan en los alrededores, tan altas que, a su lado, el sauce parece un retoño y el cuervo poco más que un punto negro entre la inmensidad.

    Al poco tiempo lo que alguna vez fue todo el basto paisaje que el cuervo contempló, y que ahora se limitaba a una minúscula frontera verde entre torres, perdió además su cautivador brillo, pisadas tras pisadas los vecinos de dos patas caminaban y la arrancaban sin piedad; la grama se tornó oscura por unas zonas, pálida por otras y donde sufrió mayor daño solo quedó arena de la cual nunca creció otra vez el verde.

    Finalmente el sauce llorón cedió de la misma forma a la invasión. Sus largas hojas que colgaban hasta el suelo se secaron y desprendieron, junto con ellas cayeron las ramas más débiles. «Muere de tristeza» pensó el cuervo que contempló, desde lo más alto aquel tronco seco que alguna vez fue su hogar, como el sol se ocultó esa noche, y cerró sus ojos para descansar.

XXX

Juan Pavón Antúnez

 

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