De las cosas que le pasan al pobre / Relato

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De las cosas que le pasan al pobre

LO QUE QUIERO CONTARLES es la vez que el toro pintao, el del alcalde, se escapó del rebaño y como un alcalde no pierde, mandó a buscar a los mejores llaneros para que le trajeran al animal.

     Como éramos muchos los necesitados, todos llegamos a lo mismo; con la camisa del día; con la soga ajustada a la montura; y dispuestos a meterle el pecho al llano para ir tras el toro. Le dije a los muchachos que nos apuráramos, que por los lados donde partió el animal, se había visto una maceta de tigre del tamaño de una vaca.

     Cada quien cogió camino, el único que no se movió fue el alcalde. Yo atravesé unos matorrales, crucé el río y llegué a la costa de la montaña. Del otro lado estaba una sabana bonita y buena para probar al caballo, a la soga y al jinete. Yo estaba muy interesado en amarrar al toro; el alcalde me daría trabajo fijo y podría ir pensando en echarme la soga al cuello con eso del casamiento, tener mis hijos y enseñarlos yo mismo a montar caballos y a enlazar becerros. Eso me impulsó a ir cerro arriba por el animal, cortando aquí y allá, pensando esto y lo otro, hablándole al caballo para que supiera que no iba solo con un montón de huesos encima, y tocando a menudo la soga por si las moscas.

     Cuando terminé de subir me tocó bajar y con la misma seriedad le dije al caballo que iba muy bien, e iba pensado en la sabana y mientras más pensaba, más duro sostenía la soga en mis manos. Si hallara al toro en ese claror ─pensé─ y la sorpresa fue que hallé al toro y también al tigre. Como no cargaba escopeta se me escapó el tigre y como mi tarea no era matar al tigre sino llevar al toro, le llevé al alcalde lo que había dejado el tigre, la pura cabeza.
     ─¿Y usted qué quiere qué haga yo con esa cabeza? ─me dijo el malparado ese─. Yo lo mandé a buscar al toro completo y me trajo eso; cabezas tengo yo.
     Y me mandó a meter preso porque, como dije, un alcalde no pierde. Tres días después fue a visitarme para decirme:
     ─Usted sale de esa celda cuando el tigre confiese que fue él quien se comió mi toro pintao.

     Pero qué iba a hablar el tigre si lo único que quedaba del pobre era el cuero guindado en una cuerda de alambre; los muchachos me dijeron que antes de matarlo no dijo ni pío y que después de muerto tampoco dijo pao; en conclusión, me calé tres meses en el calabozo.

     Salí y juré que más nunca le trabajaría al alcalde, que prefería morirme de hambre y dejar morir a mi familia. Eso dije y eso escuchó Flor María, la que era mi novia desde chiquita, cuando nos bañábamos juntos en la quebrada y como eso escuchó, esto me mandó a decir: «que se olvidé de mí, ya no quiero naíta con él y menos si me va a dejar morir de hambre.» Y no me quiso más y para mi desdicha se casó con el sobrino del alcalde, porque tenía que asegurar que su muerte no fuera de hambre.

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