La maldición de Heiligen (Cuentos de Mizú)

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Arte: Julian Met'yu y @huesos


«Al Oeste [...] las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha.»

—H.P. Lovecraft

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No voy a mentirte, no tengo deseos de recordar a ese horroroso pueblo. Debió haber dejado de causarme angustia desde hace mucho tiempo, pero nunca puedo escapar de su perniciosa sombra. Pase lo que pase, vaya a donde vaya, siempre tengo su oscura memoria viva.

Te confieso que nunca antes había contado esta historia. Supongo que evito, además, caer en la necesidad de hacerlo ya que me lleva a explicar de dónde provengo. Aunque no lo creas, yo nací en Heiligen. No tengo ánimos de explicar cómo alguien puede provenir de aquel pueblo fantasma al Oeste de San Miguel, pero es ciertamente mi lugar de origen.

Muy pocos se han atrevido a acercarse a Heiligen desde que solo deprimente desolación lo habita, y es mejor ni siquiera considerarlo. Buena parte de quienes lo intentaron quedaron profundamente trastornados y no logran recordar muy bien los detalles de su experiencia.

La maligna mística que rodea a ese pueblo ha fascinado a muchos, y aterrorizado a todos, desde el día en que una terrible maldición cayó sobre él. Pero casi nadie sabe, o al menos puede imaginar, cómo fue que Heiligen se convirtió en un lugar tan estremecedor.

Se sabe que muy extraños sucesos han tenido lugar en esas tierras, algunos antes de que recibieran un nombre y el título de pueblo. Durante los años de oro de Heiligen, los encuentros con lo paranormal eran absurdamente frecuentes para sus pobladores.

He invertido mucho tiempo tratando de entender como un sitio con tan abominable nivel de tormento puede siquiera existir. Hasta ahora, no he logrado dar con una explicación que pueda asumir como verídica, pero tampoco me he dado por vencido en la tarea de encontrarla.

Sé que lo que ocurrió, en realidad, fue una mezcla de ignorancia, casualidad, rencor, e inefables fuerzas sobrenaturales. Lo que he descubierto hasta ahora parece indicar que Heiligen poseía un terrible hado que lo había condenado incluso antes de su existencia.

Todo esto tuvo inicio en el año 1801. En ese entonces, la inminente disolución del Sacro Imperio Romano había levantado las alarmas en el Vaticano, y empezaron a movilizarse para evitar perder los remanentes de su poder y control sobre ese territorio y sus habitantes.

Había gran preocupación, en especial, por el posible destino de sus aliados en medio del caos de la guerra que desbarataba la poca unión que aún existía en el imperio. Si el conflicto se salía de control, sus vidas podían estar en un peligro inminente. Fue en una tarde de junio que varios obispos se reunieron para construir un plan que les permitiese llevar al exilio a sus fieles más valiosos en caso de que lo necesitasen.

En algún punto de la reunión se llegó a mencionar que el Nuevo Mundo estaba plagado de lugares que podrían ser perfectos para alojarlos. En América abundaban los territorios vírgenes en lugares tan incómodos para la guerra que seguramente nunca la habían conocido. Por eso buscaron en los mapas, en las historias de exploradores, y los testimonios de sus misioneros, intentando hallar un lugar adecuado para su plan de emergencia.

Al final de la reunión, habían acordado que su mejor opción era dirigirse a Venezuela. Este territorio no solo posee paisajes interesantes y tierras fértiles, sino que tiene una posición muy privilegiada para los efectos del comercio. Aunque el país se encontraba entonces en una creciente pugna política que eventualmente conduciría a una guerra de independencia, era posible vivir aquí sin tener que preocuparse nunca por eso.

Había un lugar en especial al que habían apuntado. Era al norte del país, muy cerca de la costa, muy cerca de la creciente ciudad de Caracas, pero muy lejos de cualquier posible campo de batalla, y decidieron emprender una misión para hallar un asentamiento apropiado en esa ubicación.

Fue entonces que el excéntrico, osado, y devoto creyente Till Müller, fue contactado para dirigir la exploración. Él, desde su adolescencia, había viajado varias veces para conocer las colonias de América, y ya había visitado Venezuela en dos ocasiones. Aunque Müller era muy joven para entonces, su pericia e inteligencia le valieron la reputación de un gran aventurero, y esa fama era conocida por las altas esferas de la Iglesia.

Pero no fue solo su buena fama, sino la estrecha relación que su familia había formado con la Iglesia por generaciones, lo que los convenció de convocarlo. Müller, sin pensarlo, aceptó felizmente. Estaba plenamente arraigado a las tradiciones católicas, y la idea de colaborar con la Iglesia le resultó no menos que una bendición. En una de sus cartas, Müller reveló que pensaba que emprender ese viaje era igual a cumplir con la voluntad de Dios.

El equipo finalmente fue conformado por Müller y otros tres hombres. Todos eran jóvenes solteros que solo tenían en común una temeraria personalidad y una fe incuestionable. Ellos emprendieron su viaje y el trece de octubre de 1801 arribaron a La Guaira cargados de ansiedad y dolores de espalda.

Aunque Müller tenía muy buena experiencia viajando a través de las montañas, no conocía en lo absoluto la zona que visitaba. No se tomó el tiempo de buscar algún guía local, y aunque lo hubiese hecho no habría encontrado ninguno.

Imprudentemente, los exploradores iniciaron su aventura desconociendo que esa decisión crítica los llevaría directamente hacia el mítico Bosque Grisáceo. Cuando advirtieron que se encontraban en aquel antiquísimo bosque inundado de perpetua niebla, ya habían caminado entre sus pinares por al menos un par de leguas.

Poco a poco cada hoja, cada árbol, y hasta cada extremidad de sus cuerpos, desapareció por completo ante sus ojos. Una gruesa capa blanquecina los envolvió y apenas les dejaba distinguir algunas siluetas de lo que les rodeaba. Müller y sus compañeros quedaron desorientados y casi a ciegas. Tuvieron que tomarse de las manos para no perderse unos a otros.

Luego de cuatro horas luchando con el escarpado terreno, acabaron entendiendo que habían caído en una trampa mortal. No se conoce exactamente en qué momento decidieron empezar a orar, pero Müller contó que lo hicieron mientras seguían tratando de avanzar y encontrar una salida de ese pálido laberinto de madera viva.

Por suerte, hallaron una depresión que formaba una especie de camino que descendía en línea recta y se condujeron por este avanzando cautelosamente. Esa ruta los llevó a salir, al fin, de aquél insano bosque. El gran muro de niebla que los había atrapado quedó a sus espaldas, y frente a ellos se reveló un amplio campo verdoso alfombrado por hojas, flores y algunas frutas frescas.

En una de sus cartas, Müller contó que la hierba que había allí era la más verde que jamás hubiera visto, y la frondosidad de sus árboles no tenía par en ningún otro bosque conocido por el ser humano. Afirmó que «llegar a ese lugar fue como abrir las puertas del cielo y encontrar del otro lado al paraíso».

Las dimensiones de los árboles que lo rodeaban delataban su antigüedad. Hacia cada lado tenía pinos colosales que constrastaban con los menudos árboles que estaban frente a él en una planicie que se extendía por un par de kilómetros.

Müller avistó una columna de luz que descendía sobre un claro en medio de un banco de pinos. La curiosidad lo motivó a acercarse hasta ese punto, y cuando lo alcanzó halló una gran roca rosácea que estaba incrustada entre larga maleza. Sobre ella se revelaba una imagen intermitente que le hizo perder el aliento.

No fue hasta que sus compañeros se acercaron a comprobar lo que veía que Müller pudo concebir que tal vez era real. Aquellos hombres temblaron y quedaron descoloridos ante la espectacular aparición. Era una traslúcida figura femenina, cubierta por una inmaculada capucha blanca, que yacía echada sobre sus piernas con un rosario enredado entre sus dedos.

—Es… Es un milagro, ¡es la santa madre! —musitó Müller en su lengua materna.

Fue ese el motivo por el cual, cuando empezaron a habitar esas tierras, se conoció al lugar como "die stadt der heiligen Mutter", una frase en alemán que se traduce como "el pueblo de la santa madre", y fue ese el nombre que se le dio cuando sus colonizadores, del mismo origen que Müller, formalizaron su fundación en el año 1810.

Poco tiempo pasó antes de que decidiesen erigir una estatua de bronce que representaba a la virgen María tal y como la había descrito Müller sobre la misma roca en la que decía haberla visto, y se construyó la capilla del pueblo justo frente a ella.

El poblado creció muy rápidamente tras varias oleadas de inmigrantes, y se expandió hasta las fronteras del bosque grisáceo y las colinas que rodeaban la profunda planicie. Heiligen Mutter era un pueblo vibrante, esplendoroso y lleno de gran riqueza. La delicada belleza que tuvo alguna vez provocaba admiración en cualquier alma.

A pesar de eso, mientras viví en Heiligen, siempre tuve la extraña sensación de que algo terrible estaba al asecho, pero jamás hubiese imaginado la sórdida desgracia que ocurrió en ese aciago veinticuatro de febrero de 1920. Para ese momento, afortunadamente, ya me había ido del pueblo, y eso fue lo que me salvó de padecer la oscura maldición que se desató sobre él.

Hay diversas versiones sobre lo que ocurrió, algunas sumamente detalladas, otras bastante escuetas, pero algo en lo que parecen coincidir todos los testigos es que ese día había lucido bastante extraño desde su alba. Las nubes en el cielo tenían un color particularmente horrendo ese día. Dicen que lucían como las manchas de café sobre las hojas de un libro nuevo. Las nubes no eran realmente densas, pero ocuparon la totalidad del cielo y no dejaron al sol asomarse en todo el día.

Fue en horas de la tarde cuando un intenso olor a humo empezó a filtrarse en las casas de Heiligen. Llegaron a advertir rápidamente que el origen era la Capilla de la Santa Madre. Una potente voz rasgada difundió que se encontraba envuelta en un fuego abrasador. Dicen que las llamas parecía tener vida propia, y que en ellas se distinguían siluetas de cuerpos humanos y otras figuras tan incomprensibles que nadie ha logrado describir sin fallar en el intento.

Rostros incrédulos y arrugados observaron aquél insólito evento. Asombrosamente, ninguna construcción aledaña fue afectada por el lamentable incendio. Las llamas solo se limitaron a consumir la capilla, y lo hicieron hasta reducirla a un triste montón de escombros y cenizas.

La tragedia parecía acabar entonces, pero apenas había iniciado. Con el fuego aún por extinguirse, la estatua de bronce que memoraba el evento que llevó a fundar al pueblo, bruscamente, comenzó a llorar. Todos y cada uno de los habitantes de Heiligen habían sido llevados hasta la plaza por la fuerza de la curiosidad, y sucumbieron a un absoluto horror ante lo que veian.

La estatua no solo lloraba, también hacía con su rostro horrendas muecas con una notable fluidez, y sus manos se agitaban balanceando el rosario que las ocupaba. Sus intensas expresiones hacían parecer que gritaba, aunque apenas lograban oír su llanto quienes estaban más cerca de ella.

La zozobra se elevó incluso más cuando en los ojos de la escultura las lágrimas cesaron, y en su lugar empezaron brotar gotas de sangre que descendieron por sus mejillas tiñéndolas de su color carmesí. Seguidamente, su pavoroso lamento se convirtió en un perturbador grito, y fue entonces cuando todos en el pueblo lograron escucharla.

Cuando el llanto al fin cesó y las brasas cedieron, el rostro de la santa madre quedó con una desagradable expresión notablemente torcida. En ese momento los pobladores de Heiligen no entendieron muy bien lo que había ocurrido, pero los días pasaron, y con cada nuevo sol les resultaba más evidente que ese dia sus vidas fueron marcadas con un destino de cruel desdicha.

Hubo incontables suicidios, casos de extrema locura, y varias muertes brutales, abruptas, tan espantosas y deprimentes que a nadie le quedó duda de que ese día se desató sobre ellos una maldición perversa que convirtió a Heiligen en una suerte de infierno sobre la tierra. De lo que el pueblo fue alguna vez solo quedan rastros decadentes, calles decrépitas y casas exánimes. Al día de hoy ya han fallecido todos los que sufrieron la maldición que cayó sobre Heiligen Mutter, mientras yo te cuento su historia como testigo viviente de su agotada gloria.


Nota del autor: He decidido que este cuento, siendo la pieza sobre la que se construye el resto de este arco, sea el mejor elaborado de la serie hasta ahora y establezca el estándar de calidad para lo que viene. Me tomé la libertad de ir tomando ejemplos de otros usuarios para mejorar la presentación de esta obra, y a partir de ahora este será el formato que posean todos los cuentos de mi autoría.



"Los Cuentos de Mizú" es una antología de cuentos de horror escrita por Eddie Alba e ilustrada por Julian Met'yu. Esta nos lleva a conocer las historias del distinguido y desaliñado Mizú, un gato experto en ciencias oscuras y gran conocedor de leyendas que investiga las interacciones de los seres humanos con lo sobrenatural.


Descubre los cuentos:

Primera saga: Heiligen Mutter

Prefacio
El ritual
El revolotear de las moscas
El último y pútrido aliento


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📷 Imágenes | Pictures: Julian Met'yu y @huesos
✎ Edición de | Edition by: @huesos with Pixlr Photo Editor
✂ Separador | Separator: @huesos

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