El Noctámbulo (Capítulo 2, el callejón)

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La novela contiene narración gráfica de asesinatos, por lo que se recomienda discreción. Apto para mayores de edad.

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Eleanor estaba sentada frente a la mesa, mirando el crepúsculo por la ventana mientras su madre cocinaba, pero a ésta le hacían falta algunas manzanas para el desayuno del día siguiente, así que decidió enviar a su hija a comprarlas a la tienda. Debía darse prisa pues estaba oscureciendo y estarían a punto de cerrar.

La muchacha se colocó la capa para protegerse del frío, tomó la cesta de la compra con un saquito de dinero dentro y se marchó, pero antes tuvo que oír las advertencias de su madre acerca de no adentrarse en el callejón del lado izquierdo de la calle, debido a que solía ser muy oscuro y peligroso. Tampoco tenía permitido tardarse demasiado para que la oscuridad de la noche cercana no la sorprendiera de regreso.

Para evadir el callejón, Eleanor tendría que rodearlo y caminar mucho para llegar al centro de la ciudad donde estaba la tienda, eso le quitaría demasiado tiempo. No obstante, si optaba por atravesar el callejón, llegaría casi enseguida, por lo tanto, para no desobedecer la segunda regla de su madre, ella debía a fuerza romper la primera.

La hermosa rubia, como jovencita rebelde que era, decidió caminar hasta el callejón y se detuvo en la entrada. Comprobó que realmente era bastante oscuro, pero se veía la luz proveniente de la calle que estaba al final. Tal vez si lo atravesaba corriendo, nada le pasaría y de regreso tomaría las calles adoquinadas. Por lo menos, se evitaría una caminata doble.

La muchacha dio un paso, quedando al principio del frío y lúgubre callejón, nada pasó, así que comenzó a correr tan deprisa como las piernas se lo permitieron. Lo único que oía era el sonido que provocaban sus zapatos chocando contra los adoquines en forma violenta. Unos minutos más tarde estuvo fuera del callejón y dentro del centro de la ciudad, así que, sudorosa y un tanto fatigada por la carrera, caminó hasta llegar a su destino.

—¡Hola! —saludó la tierna muchacha—. Necesito unas ocho manzanas, por favor —pidió.

—¡Qué bueno verla, señorita! —contestó el vendedor mientras le colocaba el pedido en la cesta que llevaba, al tiempo que ella contaba las monedas para pagarle, pero desafortunadamente el dinero no le alcanzaba...

—Señor... creo que tendrá que darme menos manzanas —reconoció ruborizada.

Luego de la compra, tomó su cesta y decidió irse corriendo de nuevo a través del callejón, debido a que así regresaría más rápido a su casa.

Ya se había tardado demasiado mirando escaparates de tiendas, entonces la oscuridad inminente había envuelto a la ciudad por completo. Sin lugar a dudas su madre se enojaría. Si Eleanor descartaba la idea de tomar atajos se tardaría mucho más y de este modo al llegar, encontraría a su madre molesta o preocupada, por lo tanto se paró frente al callejón y comenzó a correr en dirección a su casa.

Pasado un tiempo, vio una sombra por delante de ella y se detuvo en el acto, luego se dio cuenta de que era un gato, sin embargo se asustó mucho y como estaba más al principio que a la mitad del callejón, decidió regresar e irse por las calles adoquinadas, pero cuando se giró abruptamente, chocó con algo, o mejor dicho con alguien...

No se veía nada, solo la silueta, pero Eleanor intuyó que era una figura masculina, por consiguiente se aterró aún más. Su cesta de manzanas cayó con un ruido sordo sobre el suelo (las manzanas rodaron en todas direcciones) y cuando intentó correr hacia su casa de nuevo, ese hombre la sostuvo por la capa y la hizo caer sentada. Él la arrastraba por el callejón, quién sabe a dónde, pero la chica desató la capa y se levantó con rapidez.

Ella corrió un buen trecho, sus gritos eran desgarradores, pero una mano enguantada los ahogó, pues el hombre la abrazó por detrás, rodeando su cintura y con la otra le tapó la boca mientras ella pataleaba y luchaba por zafarse de ese terrorífico agarre, sin embargo no lo logró.

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El hombre se volvió con ella, es decir, que quedaron de cara al lado del callejón que daba al centro de la ciudad. Lo único que pudo ver la chica por última vez, fue un carruaje que pasaba frente al callejón y una puerta dentro de éste que se suponía había estado clausurada por años. Ésta se abrió con lentitud.


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Al notar que Eleanor no regresó, el padre de la joven alertó a la policía. Los oficiales pasaron toda la noche en su búsqueda.

Aproximadamente a las a las siete de la mañana, una mujer acompañada de su hija de tan solo nueve años, atravesó el callejón, encontrándose con un charco enorme y espeso de sangre que salía de debajo de una puerta que estaba al lado derecho. El líquido corría por los dos escalones que antecedían a la puerta y llegaba a la pared opuesta. Ambas salieron de allí alarmadas, contando lo que habían visto. Todo el mundo se horrorizó y dieron aviso a los oficiales que de por sí, ya buscaban a Eleanor...

Todos, corrieron en tropel hacia el sitio y abrieron la puerta que tenía el cerrojo violentado, pero cuando se disponían a pasar, ninguno de ellos pudo hacerlo porque el fuerte olor a sangre, además de algo que había allí dentro, los impresionó. Las moscas salían de aquel viejo hospital abandonado por montones.

Benedict, que casualmente pasaba por allí ya que iba a la biblioteca en busca de información para el caso que tenía en manos, se encontró con el tumulto de personas y escuchó a todos hablando de otro asesinato. Él, con decepción, entró al callejón.

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—¿Qué sucede, oficial? —preguntó el muchacho al funcionario a cargo.

—Lamento notificarle que se trata de otro asesinato más, detective. Tiene la puerta abierta a este nuevo caso, literalmente —dijo el oficial contemplando la sangre espesa.

—Muy bien —dijo el joven mientras se asomaba a la puerta y también se quedó estupefacto con lo que encontró—. ¡Por Dios! —exclamó.

Allí adentro estaba Eleanor, sentada sobre una mesa que otrora se usaba para apilar cajas de insumos médicos. Estaba recostada en la pared del fondo, con las manos apoyadas una sobre la otra, sobre sus piernas. La cabeza estaba ligeramente inclinada hacia atrás. Los ojos estaban muy abiertos y en el cuello tenía una incisión profunda de largo a largo. Había un rastro de sangre en el suelo de la habitación cuyo patrón se dividía entre unas líneas y gotas que se dirigían hacia el cuerpo, y las que iban hacia el charco que había afuera, sumando las salpicaduras de sangre en algunos lados de las paredes.

Benedict se tomó la cabeza con las manos al ver esto, era la primera vez que se pasmaba de estupefacción. Rápidamente mandó a retener a la señora que había visto el charco de sangre y sacó la libreta para hacer las anotaciones correspondientes como de costumbre.

Luego sacó la lupa y comenzó a examinar la ropa de la víctima. No encontró nada relevante, entonces revisó los zapatos de la chica y tampoco halló algo que llamara su atención. Revisó la mano izquierda sin obtener resultados, pero en la derecha encontró un mechón corto de cabello negro y liso.

El detective dedujo que sin duda se debía tratar del mismo asesino. Se colocó los guantes y, con cuidado, tomó el mechón de cabello y a su vez lo metió en una bolsa de papel que se guardó en uno de los bolsillos internos de la gabardina, luego revisó las uñas de la muchacha y se dio cuenta de que entre éstas había pedacitos de piel. Benedict no tenía por qué tomarlos, solo podía concluir que sin dudas hubo una pelea entre la víctima y el asesino.

Siguió tomando notas, posteriormente revisó en la habitación que estaba desordenada pero no encontró nada. Estaba a punto de marcharse cuando algo brilló con la luz de afuera a la altura de la boca de la víctima. La mesa estaba un poco alta como para que Benedict pudiera ver que tenía la chica y no podía bajarle la cabeza porque no quería alterar el cuerpo ya que debía ser procesado por el forense, por lo tanto, buscó un taburete, lo colocó al lado de la mesa y se subió a él. Al instante tuvo una mejor vista de lo que brillaba. Haciendo acopio de sus fuerzas, Benedict le abrió ligeramente la boca con una expresión de asco y extrajo una moneda idéntica a la que había encontrado en el cuerpo de la jovencita de Little Ladys, que ya se relataba en los anteriores informes y que poseía en su maletín de «pruebas» (una libra esterlina).

—Definitivamente... es el mismo asesino —aseguró Benedict al salir por la puerta de la escena del crimen.

El muchacho se disponía a salir del callejón cuando los ciudadanos le bloquearon el paso, además de periodistas que lo agobiaban con preguntas absurdas.

—Detective Fletcher... ¿es cierto que la víctima de esta vez aún estaba viva hace unos segundos? —preguntó uno de los periodistas entre más absurdas preguntas.

—No, no, nada de eso, no puedo dar declaraciones hasta hallar al culpable para no ponerlo de sobre aviso —dijo el joven abriéndose paso entre la gente.

Benedict iba pensando, no podía ser posible que ese sanguinario le estuviese llevando la delantera, pero si bien, él (Benedict) no sabía con exactitud quien era el asesino, tenía tres puntos a favor: sabía más o menos su descripción, tenía un cabello y un mechón de cabello que comparar entre sí, y sabía ya que lo de la libra esterlina no era coincidencia, algún significado debía tener.

Sin más, con estos pensamientos rondándole en la cabeza, el joven detective se bajó del carruaje, le pagó al cochero y caminó hasta la entrada de la biblioteca. Una vez allí, se dirigió hacia el escritorio de la bibliotecaria.

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—¡Buenos días! —saludó. La mujer le sonrió y le dio una cabezada a modo de saludo—. Estoy investigando acerca de los crímenes que han sucedido aquí en Londres. Soy el detective a cargo. Sé qué libros debo pedir pero... hay una peculiaridad en los casos que han sucedido. Ambas víctimas tenían en la boca una libra esterlina. De verdad, no sé qué es lo que significa y esperaba encontrarlo en algún libro —dijo el muchacho mientras tamborileaba el escritorio con los dedos índice.

—Tal vez, en este libro encuentre lo que busca —tanteó la mujer mientras se dirigía a un estante cercano y Benedict la seguía.

Ella sacó un libro empastado de color blanco con letras doradas cuyo título rezaba: Los Secretos de la Mitología Griega.

—Aquí hay una leyenda la cuál trata el tema del inframundo, según la mitología griega y allí se menciona una costumbre que tenían los antiguos griegos que involucraba la presencia de una moneda en la boca de los cadáveres. Eso quizá podría ayudarle —dijo la mujer entregándole el libro.

Benedict le agradeció a la bibliotecaria, mientras le daba la lista de los demás libros que quería. Estaba intrigado ¿cómo un libro de leyendas griegas iba ayudarlo en algo tan serio y tan real como un asesinato? Sin embargo, pensó que después de todo no sería una total pérdida de tiempo el buscar allí alguna información, pues él necesitaba toda la que pudiera hallar. Una vez que tuvo todos los libros en una cesta, se los llevó y se sentó frente a una mesa a comenzar su investigación.

Decidió empezar por el libro de mitología griega. Pasó las páginas tras leer entre líneas para encontrar lo que la bibliotecaria le había sugerido. Lo halló, el texto decía:

La leyenda del Hades:

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En la antigua Grecia tenían la creencia que existía el inframundo donde gobernaba Hades, dios de ese lugar. En la puerta de este campo astral, había un perro gigante de tres cabezas llamado Cerbero. Cuando algún ciudadano de Grecia moría, venía en su busca una barca que dirigía Caronte. Los familiares subían al occiso a la bote y le colocaban una moneda en la boca para pagarle al barquero por el viaje hacia el lugar de destino. Según lo mereciera el occiso, el destino podía ser el temible Tártaro o los maravillosos Campos Elíseos...

—¡Bingo! —exclamó Benedict contento—, así que nuestro asesino es griego, tiene parentesco con ellos o simplemente es amante de la mitología griega —dedujo en un susurro casi inaudible. Entonces se dirigió a la bibliotecaria y obtuvo un permiso para llevarse algunos libros de criminalística y el de mitología para seguirlo estudiando, posteriormente fue al ayuntamiento para buscar el registro de los ciudadanos griegos o emparentados con estos pero no lo había, de modo que, preguntó por el registro de algún griego que hubiese pasado por Londres en las últimas semanas, pero tampoco lo halló. De esta forma, Benedict pidió que desde ese momento se llevara un registro muy cuidadoso de todas las personas que salían y entraban a Londres, en especial si eran extranjeros. Finalmente, decidió irse a casa, necesitaba un baño caliente de burbujas después de tan ajetreado día.

El que hubiese un tercer asesinato tenía un pro y un contra desde el punto de vista de un detective que tenía en sus manos un caso tan difícil como el de Benedict. El contra era que él sabía que un asesinato implicaba una vida perdida de alguien inocente, además del terror que seguro debieron pasar las víctimas al ser asesinadas o el dolor que dejaban sobre sus familias, pero el pro, consistía en que cada vez que había un nuevo crimen, él se iba acercando más al asesino, al que se había convertido en su presa.

Si el asesino era alguien de la ciudad, sin duda tenía un punto a su favor pues sabía que lo estaban buscando y según Benedict pudo notar, dicho perpetrador estaba consciente de las movidas policíacas que él estaba llevando a cabo. Estos pensamientos lo estaban agobiando, sin más decidió irse a dormir, ya era un poco tarde y estaba sumamente cansado.

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Éste ha sido el segundo capítulo de mi libro, espero haber mejorado y también que les haya gustado.

¡Gracias por leer y comentar! (1).jpg

Las imágenes son de mi propiedad, hechas en Canva a excepción de las que contienen su respectivo link.

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